La historia de este espacio patrimonial se remonta a los primeros años de la ciudad de Santiago. El Convento de la Santísima Trinidad de la Alameda, concluido en 1623, constituye junto al templo de San Francisco el conjunto colonial más antiguo de la capital y uno de los pocos edificios en resistir el devastador terremoto de 1647. Durante siglos, sus corredores e interiores pertenecieron a la vida de claustro de los frailes, resguardando en la privacidad de sus galerías un tesoro artístico e histórico incalculable, conformado por valiosas piezas del período virreinal traídas desde importantes centros de producción artística de la época, principalmente del Perú, con la célebre Escuela Cusqueña, y de Ecuador, así como de destacados talleres jesuitas y locales.
A fines de la década de 1960, la comunidad franciscana decidió dar un paso histórico para abrir este legado a toda la ciudadanía. Como recordaba el franciscano fundador y entonces ministro provincial, Fr. Javier Mac-Mahon, ante el interés de vecinos y amigos del convento por conocer el lugar, se comprendió que este espacio era un patrimonio nacional que pertenecía a todos los chilenos. Para ello fue necesario suprimir la clausura del primer claustro, cuyos arcos y pasillos se encontraban cerrados al público.
Te invitamos a revivir la historia en palabras del franciscano fundador de nuestro museo, Fr. Javier Mac-Mahon, quien recuerda cómo se preparó el convento antes de abrir sus puertas al público en 1969.
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Para transformar el convento en un centro museal sin perder su valor histórico, la orden encargó el proyecto a los arquitectos especialistas Juan Benavides, Rodrigo Márquez de la Plata y León Rodríguez. Durante casi dos años se desarrollaron intensos trabajos de restauración arquitectónica que incluyeron la habilitación del primer piso del claustro y la intervención en el exterior de la iglesia y su torre, bajo la evaluación de expertos de la UNESCO y el respaldo del Consejo de Monumentos Nacionales, labor que fue reconocida con el Premio 1969 de Historia. Dentro de estas obras destaca la habilitación de la Gran Sala, espacio diseñado especialmente para albergar y exhibir la Serie de la Vida de San Francisco. Compuesta por 54 pinturas de gran formato realizadas en Cuzco entre 1668 y 1684 en el taller de Basilio Santa Cruz, esta colección es considerada una de las series virreinales más importantes y mejor conservadas de toda América del Sur.


Finalmente, el 4 de octubre de 1969, en plena festividad de San Francisco de Asís, se abrieron las puertas del museo en una emotiva jornada que comenzó con una Misa Solemne en la iglesia y continuó con el tradicional corte de cinta a cargo de Inge Frings, del Comité de Damas, y la entrega simbólica de la llave al Ministro de Educación, Máximo Pacheco Gómez, en una ceremonia que contó con la presencia del Presidente Eduardo Frei Montalva. Tras los actos oficiales, los religiosos guiaron a los asistentes en su primer recorrido por las galerías del recinto, permitiendo que por primera vez en siglos la comunidad contemplara este invaluable tesoro colonial.










Hoy, a más de cinco décadas de aquel hito, el Museo San Francisco alberga la colección de arte colonial más importante de la ciudad y una de las más relevantes del continente. En sus siete salas de exhibición y en sus pasillos alrededor del jardín central, los visitantes pueden contemplar piezas de inestimable valor, tales como la puerta mudéjar de ciprés tallado, la sillería de coro del siglo XVII, obras de maestros como Angelino Medoro, Gaspar de la Cueva y Melchor Pérez de Holguín, la Sala Republicana y la sala dedicada a la poetisa Gabriela Mistral, donde se custodia su medalla y diploma del Premio Nobel de Literatura de 1945. De este modo, el museo continúa su misión de resguardar, difundir y compartir este valioso patrimonio de arte, historia y espiritualidad con toda la comunidad.



